Jueves 6 de Mayo de 2021

CULTURA

16 de febrero de 2018

Dibujantes enseñan arte a los chicos del mundo

Iván Kerner y Mey Clerici estuvieron ya en 32 países de Asia, Medio Oriente, Africa, Europa y América latina; dan talleres de dibujo y pintura en condiciones extremas, financiados por el aporte solidario de la gente.

“A veces hay cosas que no sé cómo decir, entonces las dibujo”, contó Malena, de Japón. “Lo que pinto sale de mi corazón, son como mis sueños”, pensó Isaack, de Tanzania. Nina, de Argentina: “Puedo expresar mi alegría y desahogarme, así me siento mejor”. Estos son algunos de los testimonios que los ilustradores y docentes Iván Kerner (Ivanke) y Mey Clerici recogieron, en el marco de un viaje que ya lleva más de tres años y que emprendieron en 2014, decididos a concretar un sueño: dar talleres de arte gratuitos a chicos de los cinco continentes. Son niños que en muchos casos no tendrían otra forma de acceso a ellos y que, puestos allí, frente a los lápices, los pinceles o el papel maché para construir sus máscaras, descubren o amplían sus posibilidades de expresarse, de rever su entorno o soñar con un futuro distinto.

Lo que hacen Mey e Ivanke no solo es proveerles materiales y aportarles herramientas básicas de la técnica a niños de la calle o de comunidades aisladas, escuelas rurales, orfanatos hospitales o campos de refugiados, sino que los motivan a que puedan explorar sus emociones y su identidad a partir de las composiciones. También, a crear jugando y conocer a chicos de otras culturas, a través de fotos y videos que ellos mismos transportan de un sitio a otro. Esos gestos, aparentemente simples, inauguran en muchos chicos nuevas posibilidades de expresión e interacción, y les permite sentirse más integrados al mundo.

En Etiopía, Iván y Mey tomaron contacto con los pobladores de una comunidad que no conocía los lápices: ni los adultos ni los niños habían dibujado nunca. También descubrieron que existen problemáticas y deseos comunes a la infancia de las distintas culturas.

 

Dos ilustradores enseñan arte a los chicos del mundo

Etiopía

El viaje se financia con el apoyo de personas a través de campañas de crowdfunding o compran las ilustraciones que venden a través de un sitio web. “Usa el amor como un puente”, cantaba Gustavo Cerati y estos ilustradores usaron el arte.

El resultado es inédito: con el intervalo en el que se casaron, este periplo asombroso los llevó por 32 países de Africa, Europa, Asia y América latina jugando y pintando con alrededor de diez mil chicos. El año último lo destinaron a una gira argentina que culmina en marzo (ver recuadro). Para cuando comiencen las clases, habrán sembrado en escuelas rurales de las 23 provincias.

 

Dos ilustradores enseñan arte a los chicos del mundo

Nepal

-¿Tienen conocimiento de experiencias similares?

-Supimos de una experiencia muy interesante de un francés llamado Arno Stern, que viajó durante muchísimos años y observaba dibujar a los chicos, hasta encontrar ciertos patrones universales, pero no conocemos a nadie más allá de Stern que haya viajado por el mundo dando talleres de arte.

-¿Qué territorios pensaron abarcar inicialmente, y con qué objetivo?

-La idea siempre fue intentar abarcar la mayor diversidad posible, llegar a cualquier espacio donde hubiera chicos que no acceden a este tipo de propuestas.

-¿De dónde partieron y hasta dónde llegaron?

-Todo arrancó en el norte argentino y luego fuimos subiendo por gran parte de América latina. Dimos talleres en el Amazonas, en comunidades que viven alejadas hasta nueve horas de caminata por la selva. Estuvimos en el Día de los Muertos en un pueblito en Michoacán, México, e hicimos un taller sobre la vida y la muerte adentro del cementerio. Luego, en Asia, en pueblitos tibetanos, con chicos de Birmania refugiados en Tailandia, en villas de la India. También dimos clases en Palestina, donde fue muy duro, pero también el lugar donde mejor nos han recibido. En África, empezamos en Etiopía, primero en la capital, trabajando con chicos de la calle y después al sur donde viven muchísimas comunidades aisladas. Allí acampamos y vivimos con ellos. En Kenia estuvimos dando talleres en una escuela en la villa más grande de África y después con la etnia masai en Tanzania. La última parte de nuestro recorrido fue en Europa, donde dibujamos con chicos refugiados de Siria, Afganistán e Irak.

-¿Y cómo se financiaron?

-Hicimos varios financiamientos colectivos, ofreciendo nuestras ilustraciones en forma de cuadros, postales, que la gente podía comprar, sabiendo que así estaba colaborando. En el reciente proyecto en Argentina, además, contamos con el apoyo del Fondo Nacional de las Artes y Simball aportó los materiales.

-¿Encontraron problemáticas comunes de la infancia?

-Una constante fue encontrarnos con un desequilibrio muy grande entre los chicos y las chicas: mil veces vimos la situación de chicos jugando mientras que las chicas estaban limpiando, yendo a buscar agua o leña, ayudando a sus mamás o cuidando a sus hermanitos. Respecto a lo que nosotros hacemos, fuimos viendo la poca importancia que tiene el arte en las escuelas. Salvo excepciones, el arte es tomado como algo muy secundario, meramente recreativo, para que los chicos se distraigan... 

-¿En qué medida creen que esta experiencia puede aportar o cambiar la vida de estos chicos?

-Probablemente no terminemos nunca de saber el impacto que puede tener una experiencia así. La vida de los chicos, y de los grandes, está llena de momentos que dejan marcas y que muchas veces son puertas que se abren: la letra de una canción que te inspiró a pintar, la charla con una persona que te animó a hacer lo que te gusta, un maestro que te abrió una posibilidad. Creemos que son como botones que nos transportan a nuevos lugares en la vida, y nunca se sabe dónde llevarán. Los adultos deberíamos ayudar a facilitar momentos felices en la vida de los chicos y nosotros tenemos esa intención: jugar, charlar, darles el lugar para que se sientan escuchados y mirados.

-¿Cuál fue el lugar que más los conmovió y qué encontraron?

-Una vez en India, en Varanasi, fuimos a dar unos talleres a una comunidad de la casta de “los intocables”, que vivían en condiciones indignas, en una pobreza extrema. Tuvimos que armarnos para afrontar ese encuentro. Finalmente, resultó ser uno de los talleres más alegres que dimos: los chicos estaban felices, a los cinco minutos los teníamos trepados a upa, chochos de la vida. Los adultos improvisaron tambores con tachos e hicieron música. Terminamos todos bailando y nos conmovió, aprendimos de esa fortaleza de pasarla bien a pesar de todo.

-¿Y hay alguna historia que les haya impactado especialmente?

-Sí. En el sur de Etiopía viven muchas etnias aferradas a las propias tradiciones. En nuestro primer día ahí, fuimos a la aldea de los Ari y nos llamó la atención una pequeña casa de barro que tenía las paredes con dibujos en línea negra. Una mujer nos decía “ahí vive el artista”. Nos invitaron a pasar, en las paredes había muchísimos más dibujos pintados. Entonces apareció él, Matos. Tenía doce años y, como decía su familia, era un artista desde siempre. Como no tenía la posibilidad de comprarse materiales, preparaba su propia pintura de la manera más casera, mezclando ingredientes como carbón, agua y alguna cosa más que rescataba por ahí…Y pintaba, aunque nada le fuera dado más allá del enorme deseo de pintar. Ahí mismo hicimos un taller con toda la aldea. Dibujamos y pintamos y después festejamos cantando.

-¿Qué dicen los chicos sobre la experiencia compartida?

-Siempre aparece la idea de entrar en un mundo nuevo donde todo es posible, se sienten libres y poderosos, ellos ponen las reglas, ensanchan los límites y son artífices, y a la vez testigos, de ese instante mágico de la creación. Invitamos a los chicos a que dibujen desde ese lugar lúdico, lejos de los juicios y de la crítica: los chicos cuentan de sí mismos, su contexto, el mundo y lo que esperan de él.

-¿Y qué esperan? ¿Hay preocupaciones y reclamos compartidos?

-Hay infinitas maneras de ser chico pero, más allá de la cultura y la realidad que les toque, lo que los emparenta es el juego, como modo de ser y estar. Cuando somos chicos, dibujar también es un juego. Un gran reclamo es que los adultos les prestemos más atención. Les preocupa el medio ambiente. Y piden una escuela más divertida.

-¿Qué sueñan para el futuro?

-Nos vamos a ir a vivir a Traslasierra, Córdoba, y queremos agrandar el equipo: que mucha gente se sume y así replicar los talleres.

Para recaudar fondos los ilustradores habilitaron el sitio web “Pequeños Grandes Mundos”.

 

En la Argentina: una gira por escuelas rurales

​”Comenzamos en marzo de 2017 con los talleres en escuelas rurales de todas las provincias. Nos quedamos durante una semana en cada una, haciendo una suerte de semana especial de arte”, cuentan los ilustradores. “Cada día, un taller distinto, siempre en torno a la posibilidad de explorar la identidad de cada lugar, utilizando el dibujo, la pintura, la ilustración, la escultura. Los chicos inventan además una historia que cuente algo sobre su comunidad y terminamos convirtiéndolo en un libro que queda en la escuela”, dicen.

Ivan y Mey tienen la intención de seguir ofreciendo estas clases en escuelas que no tienen propuestas artísticas. Y también dar a conocer lo que se produce, para visibilizar la Argentina que no se muestra. “Nuestro próximo objetivo -explican- es editar un libro que recopile estas 23 historias únicas, en que estarán representados chicos y chicas de todos los rincones del país, y quizás hacer una serie, con el material filmado con la ayuda de Sofía Nicolini Llosa.”

Dos ilustradores enseñan arte a los chicos del mundo

Argentina. Los niños del norte muestran su arte

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