Miércoles 20 de Octubre de 2021

ACTIVIDAD COMUNITARIA

19 de abril de 2019

La espiritualidad de los jóvenes

La vida religiosa de los jóvenes no se sostiene en la búsqueda de sentido sobre la vida humana.

Por: Por:Redacciòn colegio"Facundo Quiroga"

La espiritualidad de los jóvenes, que no viene caracterizada por la indiferencia ante la religión, sino por un nuevo itinerario espiritual.

Es decir, aunque el número de jóvenes que se declaran no pertenecientes a ninguna religión ha au­mentado de forma notable en los últimos vein­te años, la indiferencia ante lo religioso no pa­rece que sea lo predominante entre nuestros jóvenes, sino que las creencias se dirigen ha­cia otras formas, otras prácticas de lo religio­so, distintas de lo tradicional.

Nos situamos pues ante una “espiritualidad de los jóvenes, que no viene caracterizada por la indiferencia ante la religión, sino más bien por un nuevo itinerario espiritual. Itinerario que no es ajeno al retorno general de lo sagrado por la vía de la naturaleza, a la vigencia de la dimen­sión existencial por la vía de la mística y al re­clamo de unidades de pertenencia a través de pequeñas comunidades”. Esta caracterización de la espiritualidad nos tiene que dar pistas para aprovechar “las oportunidades históricas” que se nos presentan ante la reconstrucción de la religiosidad que protagonizan los jóvenes.


La vida religiosa de los jóvenes no se sostie­ne ya, como en otras épocas, sobre el valor de lo institucional, sino que conlleva un grado im­portante de búsqueda de sentido, de pregun­tas sobre la vida humana. A esto se le une la necesidad de experiencias sobre las que fun­damentar su fe, frente a la fe tradicional, lo que nos posibilita a los padres acercarnos a los hijos adolescentes desde el ofrecimiento de vivencias reli­giosas, que se ajusten a su propia religiosidad. Es aquí en donde podemos encuadrar y sacar provecho de las Pascuas en familia.

Espiritualidad frente a espiritualismo
Desgraciadamente, el peso de la educa­ción a través de la historia se configura como un lastre que tarda muchos años en levar anclas. En la historia reciente de nuestra Iglesia, por desgracia, hemos caído en el espiritualismo, en una expresión de fe ritualista y, muchas veces, sin continuidad en la vida diaria de las perso­nas. Frente a esta manera de vivir la fe, intenta­mos lograr la espiritualidad, expresada a través de una experiencia cristiana, que posibilite el razonamiento adulto de nuestra fe.

Antes se hacía una celebración de la fe, en muchos casos impuesta, que no tenía en la ma­yoría de las situaciones relación con la vida. La tan necesaria síntesis de fe y vida no se produ­cía. La vivencia de la fe quedaba reducida a un ámbito cerrado, piadoso y en muchos casos mediatizador de las conductas y personalidad de la gente. Era una época de cristiandad.

Ese pasado nos ha empujado durante mu­chos años a colocarnos en nuestra actividad religiosa en el otro extremo de la balanza; es de­cir, hemos dado el primer lugar a una fe activista, que no buscaba retroalimentación más que en la propia acción y en el contacto con los otros. Es­to ha sido promovido, además, por un ambiente que favorecía este tipo de praxis y que cada vez planteaba más dificultades para la vivencia del Evangelio de Jesús. Hemos de lograr una espiritualidad que permita unir fe y vida, desde la oración y celebración y desde el compromi­so militante y transformador.

Y no porque pensáramos que no aportaban nada al proceso educativo de los hijos, si­no porque nos dábamos cuenta de que la res­puesta a estas llamadas iba a ser escasa. En definitiva, se trataba de que no habíamos he­cho un trabajo previo de motivación y además, por qué no decirlo, de que era un tema que los propios padres teníamos -o tenemos to­davía- en tinieblas, y eso nos asustaba.

En este punto, creo necesario reconocer que el mejor camino para mejorar y profundizar en nuestra fe es la autocrítica y la humildad de co­razón para reconocer que el trabajo personal de nuestra fe no debe terminar nunca.

Asumiendo como principio en nuestra tarea de padres que llevamos a nuestros hijos a la vida con Cristo Jesús, tenemos que posibilitarle ex­periencias que los ayuden a descubrir al Dios de Jesús en el hogar y en la vida, se nos presenta el re­to de la vivencia de la Pascua, como centrali­dad de la experiencia cristiana en familia.

Celebramos la Pascua, el acontecimiento más importante de nuestra fe: la Muerte y la Resurrección de Jesús. Si somos capaces de posibilitar que nuestros hijos jovenes experimente el amor de Dios por nosotros, manifestado en la entrega de su Hijo, haciendo que el adolescente  participe del misterio de la Muerte y Resurrección de Jesús, experimentando la alegría de que él vive con nosotros para siempre, habremos conseguido uno de los principales objetivos que persegui­mos en nuestro trabajo de formar una familia en comunión en Cristo Jesús.

La interiorización de esta experiencia no tie­ne camino de vuelta. El experimentarla hace que cada uno se plantee su vida desde su pro­pia realidad, desde ese Jesús, que lo da todo por los demás.

Pascuas en familia y con los hijos adolescentes, conlleva una responsabilidad en nosotros, porque si no pone­mos en primer lugar la experiencia personal del misterio de la Muerte y la Resurrección del Señor será difícil el conseguir una identidad cristiana en nuestros hijos, que se enganche a la vida des­de la opción por Jesús.

Pascuas con nuestro jóvenes hijos, en fin, porque tenemos que conseguir que nuestros hijos descubran que Jesús entregó su vida por cada uno de ellos, de todos, y que desde la experiencia de la Resurrección nos llama personalmente a tra­bajar por la construcción de su Reino, del Rei­no que vivirá dentro de cada corazón, para construir una sociedad con empatía a la familia y su fe.

Si consideramos que la celebración de Pascua es un momento importantísimo dentro de la familia en la fe de los integrantes, hemos de prepararla con todo esmero. La experiencia de la Pascua no puede ser decepcionante pa­ra un integrante joven, sino que ha de ser una ocasión de gozo y un descubrimiento. La motivación pre­via, el análisis certero del mismo y la preparación en familia nos ayu­darán a lograr el éxito.

No debemos desanimarnos si nuestras pro­puestas no son acogidas con entusiasmo. El trabajo hay que realizarlo, poco a poco, duran­te todo el proceso de crecimiento familiar. 

La familia debe conducir a los hijos a buscar la persona individual, con su nombre y apellido. Y es desde ahí donde llegamos al en­cuentro con los demás. Esto no se contrapone con celebraciones pascuales, sino que desde la familia vamos favoreciendo experiencias de este tipo, sobre todo en aque­llas familias en las que, por diferentes razo­nes, no hay cultura de celebración de Pascuas .

Conclusión
La celebración de la Pascua ha de ser un momento culminante del proceso educativo familiar que se complementa con el crecimiento integral de los hijos, al igual que la vivencia de la Pascua es fundamental para un cristiano adulto.

No debemos ser ingenuos a la hora de pre­parar Pascuas. Los procesos de nuestros hijos, en general, adolecen de una falta de expe­riencias que favorezcan la consecución de una espiritualidad que integre fe y vida. 

Aún así, considero de tal importancia el asun­to, que merece la pena gastar fuerzas en esta tarea. Demos pasos, poco a poco, e iremos re­cogiendo los frutos, sin perder de vista que el objetivo final merece la pena: lograr hijos que, desde su experiencia personal de Dios, se adhieran a su mensaje y trabajen por la cons­trucción de su Reino.

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