Lunes 25 de Octubre de 2021

EDUCACION

27 de septiembre de 2020

Manejar los sentimientos de culpa: Soy una buena madre

No te sientas culpable por tus elecciones y educa desde los valores que te transmitieron tus padres.

Todas tratamos de hacer lo mejor de nuestra parte al educar y cuidar a nuestros hijos, sin embargo, ninguna está exenta del sentimiento de culpa.

Hay mujeres que se atormentan con la realidad de que no pueden ser la madre perfecta (y eso también está mal), mientras hay otras que saben que no son perfectas y que nunca lo serán (nadie puede alcanzar la perfección mientras sigamos siendo humanos) y han decidido que todo les da igual y que no tienen por qué tratar de superarse o se mejores.

Estas madres hacen cosas que saben que están mal, pero han decidido que como la perfección no es algo que puedan alcanzar, no tienen por qué tratar de mejorarse y se convierten en la madres más mediocres que hay.

Lo opuesto, son las madres que aún cuando saben que nunca serán perfectas, también saben que hay miles de cosas que pueden mejorar.

Sabes que no eres perfecta como madre y es tu razón para no tratar de mejorar ¿Eres una buena madre?  Siempre es un momento ideal para reflexionar sobre si estás llevando la educación de tus hijos como deberías.

¿Piensas que eres mala madre o que necesitas mejorar en algún aspecto? ¿Cómo saber si eres buena madre? 
Si eres de las que te dejas corroer por la incertidumbre de si estás educando bien a tus hijos o no, ha llegado el momento de dejar atrás todas las dudas. Los planteamientos sobre si les das demasiada libertad, si les exiges demasiado o si deberías ampliarles la hora de volver a casa han llegado a su fin. 

Ser una buena madre no implica que todas las madres deban comportarse del mismo modo que ella con sus hijos. Más bien, es un ejemplo de cómo se puede analizar su estrategia de madre para entender qué es lo que funciona y lo que no.

El período que va de 7 a 11 años puede ser visto por los padres no solo como un respiro, sino también como un tiempo para comprender y sacar conclusiones. Mis hijos están ahora en ese maravilloso momento. Todavía son niños, pero ya son autosuficientes, moderadamente independientes y es fácil tratar con ellos. Escribía sobre lo que logré, aquello que no conseguí y qué habría hecho hoy de otra manera.
 

1. Lo que no hice y lamento

Siempre pensé “para qué obligar al niño a permanecer sentado a la mesa si ya ha comido en dos minutos”, por lo que le permitía irse. Mis hijos no tienen cultura de comunicación a la mesa. Terminan de comer y se van. Extraño esas reuniones.
Preparaba lo que comían los niños y no lo que como yo. Como resultado, les encanta una gama muy limitada de productos y la comida más sencilla. Quizás esto no esté relacionado, pero si me dieran otra oportunidad les daría curry y sopa vietnamita en vez de hamburguesas y arroz.

Soy una madre lo suficientemente buena

Foto: Imagen de archivo de una madre con su hijo 
No los acostumbré a disfrutar de los audiolibros. Pero eso enseña a percibir información por el oído. Y en sí mismo, se trata de una buena ocupación, que no tienen.
Mi temor de “alimentar al niño” con televisión se convirtió en que mis hijos, en principio, no quieren ver ninguna película y exigen apagar la tele mientras comen. Pero a mí sí que me encanta ver películas durante el almuerzo del domingo, así como ir al cine.
No les inculqué la rutina de las tareas domésticas. Hacen algo si se lo pido, pero cada vez tengo que llegar a un acuerdo. Sería mucho más fácil si esto se hubiera convertido en un hábito como lo es cepillarse los dientes.


2. Lo que no hice y da igual
Soy una madre lo suficientemente buena

Soy una madre lo suficientemente buena
Siempre les permitía comer por toda la casa. Ahora todo el mundo come por toda la casa. Pero yo también lo hago; es lo que hay.
No compraba a los niños zapatos con cordones. Como resultado, no saben atárselos. No sé cuánto de importante puede llegar a ser esta habilidad en la vida, pero algo me dice que no será para tanto y, de alguna manera, lo aprenderán con el tiempo.
No los llevaba a conciertos de música clásica. Como resultado, ya no irán y no querrán permanecer en un acontecimiento así. No en vano, yo tampoco voy.
No los forzaba a aprender a tocar un instrumento musical. Y en general, no los obligaba a estudiar nada. Como resultado, Tessa, mi hija, primero aprendió a tocar la flauta, luego el violín, el piano y la guitarra, para, al final, dejarlo todo. A ella le encanta dibujar.
No los vestía “según el protocolo”. La elección la tomaban ellos. Como resultado, es imposible ponerle un vestido a Tessa, y a Danila, mi hijo, una chaqueta o un pantalón o zapatos no deportivos. Bueno ¿y a quién le importa?
No los obligaba a ordenar sus habitaciones. Así que en la de Tessa siempre reina un desastre terrible, mientras que Danila lo tiene todo bien recogido en estanterías. Creo que esto es normal.


3. Lo que hice y estoy contenta

Nunca limitaba ninguna comida y no obligaba a terminar el platillo. Los niños han desarrollado una autorregulación bastante tolerable y no pierden su voluntad al ver un helado.
Nunca trataba sus virus. Ahora gozan de un gran sistema inmunológico y se recuperan de cualquier cosa por su cuenta en un par de días.
Nunca los abrigaba en exceso. Andar descalzo, sin gorro, bufanda ni guantes: algo típico en nosotros. Por eso, mis hijos nunca se resfrían por nada. Ni por el frío, ni por el agua helada, ni por la ausencia de una bufanda y un viento frío. En general, no se resfrían.
Desde su nacimiento, no me quedaba sentada con ellos durante horas mientras se dormían. A partir de los 4 años, los dejaba solos: apagar la luz y dormirse. Aquí también tienen una excelente autorregulación.
Los acostumbraba muy fuertemente a la inviolabilidad de todo aquello ajeno y personal. Nunca les obligaba a compartir. Como resultado de esto, siempre piden permiso para tomar algo de otra persona, aceptan con calma el “no” y comparten con facilidad.
Trataba de controlar al mínimo los deberes y las obligaciones de la escuela. Tessa, para sus casi 10 años, es completamente autosuficiente en este asunto. Danila pide que me quede con él mientras hace los deberes, pero él mismo es consciente de la necesidad de hacerlos.
Desde una edad temprana, empecé a darles dinero de bolsillo, les enseñé a tratar las cuentas bancarias y compras por Internet. Ahora, ellos ahorran, compran lo que quieren gestionándolo ellos mismos.
Nunca los he castigado. Ni con la privación de nada, ni enviándolos a su habitación, ni con algo del tipo “si no lo haces, no habrá videojuegos”. Y todavía no he tenido una sola razón para hacerlo. Hacemos un excelente trabajo, simplemente, hablando las cosas (a veces, sin embargo, elevando el tono). Y por eso no tienen este concepto de “ah, como eres así, ¡merecido lo tienes!”. Con nadie.
Desde una edad muy temprana y con total calma hablaba sobre el cuerpo, el sexo, las relaciones, la pubertad... Ahora, cuando se enfrentan a esto, no ven nada particularmente interesante para sí mismos porque ya lo saben todo. Y saben que todavía no lo necesitan.
No me horrorizaba por las palabras malsonantes. Se las expliqué yo misma. Expliqué cuándo se pueden usar y cuándo no. Se saben todas, pero no las usan (jeje, al menos, por ahora).
Les hablaba mucho sobre los sentimientos, los de ellos y los de los demás. Sobre por qué la gente actúa de uno u otro modo. Acerca de cómo se puede decir “no” sin ofender. Por qué puede surgir la envidia, por qué otros niños pueden inventarse fantasias. Por qué no todos son como ellos. Son niños con mucho tacto y emocionalmente desarrollados, que se ponen primeros a la hora de defender a los débiles del acoso y la rudeza, así como aceptan las imperfecciones, incluidas las mías.
Les enseñé a no arrojar la basura al suelo y a no cruzar la calle con la luz roja. No tirarán siquiera una goma de mascar al asfalto.
Nunca he seguido esto de “ambos padres deben estar unidos”, “la norma es la norma”, “como yo dije, así será”. Fui y sigo siendo no muy consecuente en todo, excepto la bondad, la honestidad, la dignidad y la lealtad a la palabra dada. Solo veo en esto beneficios, flexibilidad y capacidad de negociar como resultado.
Los llevaba en brazos, los alimenté con cuchara, les acercaba una manta y ponía los calcetines siempre que me lo pedían. No ha tenido consecuencias. Maduraron a su debido tiempo.
Siempre perdonaba, soltaba lo que llevaba dentro y fui la primera en dar un paso hacia ellos. Nunca los presionaba. Ahora ellos perdonan, sueltan y dan el primer paso.
Dicen que cuando llegue la pubertad, ellos irán a una negatividad total, con el fin de que tras varios años de tormentas vuelvan a ser “quienes eran”. Realmente, aquellos “quienes eran” me gustan mucho. Así que al final, soy “una madre bastante buena”.

¿Y qué logros y errores cometiste tú como padre o madre?

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